El loco y el ermitaño

Cansado de la ciudad, el hombre tomó un cayado, una bolsa con pan y se fue a recorrer bosques, valles y montañas. Las zarzas convirtieron su traje en harapos, el sol ennegreció su rostro y las piedras devoraron la suela de sus zapatos. Él, sin preocuparse, perseguía a las mariposas queriendo revolotear como ellas. En la miseria de su aspecto, brillaba una sonrisa. Era tal la alegría de esa expresión, que los mosquitos acudían a chocar contra sus dientes, atraídos como por un foco.

Una noche, el loco pasó frente al tronco hueco en donde vivía un ermitaño. Al verlo, el anciano se inquietó: “Este hombre camina sin mirar hacia el suelo. El terreno está lleno de trampas, de arbustos espinosos, de precipicios. ¡Debo salvarlo!” Le ofreció su lámpara. El loco quiso asir la llama creyendo que era una mariposa más intensa que las otras y, al quemarse, la arrojó lejos. El anacoreta, terco como todos los sabios que siempre quieren terminar lo que comienzan, abandonó su retiro para avanzar delante del extraviado, alumbrándole el camino. Al cabo de un tiempo, miró hacia atrás y se dio cuenta, consternado, de que el loco había dejado de seguirlo. Lo encontró hundido en un pantano, menos preocupado de ahogarse que de salvar a las luciérnagas que guardaba en su puño. El viejo le tendió una rama, lo lavó, lo secó y cuando volvió a caminar, otra vez le alumbró el paso, pero en lugar de darle la espalda, avanzó retrocediendo… Llegaron ante un precipicio. Como no tenía ojos en la nuca, el ermitaño se precipitó en el abismo. El loco, siempre sonriente, corrió hacia los bosques en pos de un fuego fatuo.

El Vampiro Subversivo

Al caer la noche, el padre y la madre abrieron la tapa del pequeño ataúd y despertaron a su hijo para contarle, una vez más, la muerte de sus abuelos: por quedarse más tiempo de lo indicado fuera del castillo, la luz del día los sorprendió, convirtiéndolos en cenizas. El muchachito, mostrando sus largos colmillos, exclamó: “¡Los vengaré! ¡Algún día apagaré el sol!” Por un agujero cavado en el muro, hizo salir una manguera con la cual lanzó un chorro de agua hacia el astro rey. A pesar de que el líquido llegaba a alturas increíbles, sus intentos fracasaron. Siguió probando. “¡Por muy lejano que parezcas, te alcanzaré!”, amenazó al sol. Sus progenitores comenzaron a burlarse. “¡Estás loco, nunca podrás! Durante milenios el sol nos ha reducido a polvo, ¿quién eres tú para oponerte a una hoguera de tal magnitud?” El muchacho no les hizo caso. Fabricó un carro provisto de vidrios que no dejaban pasar la luz y llevó miles de litros de agua hasta una montaña para, desde la cima, tratar de llegar con un chorro al sol. Fracasó. Siguió tratando. En pleno día, cubierto sólo por un toldo, disparó un cohete extinguidor que estalló en la estratosfera sin alcanzar su objetivo. Los padres aplaudieron: “¡Bravo, nuestro hijo fracasó! ¡Por desobediente, deberíamos correrlo del castillo! ¿Por qué no se conforma como nosotros?” Después de miles de intentos inútiles, el joven vampiro, mirando hacia el sol, que brillaba más que nunca, lloró: “¡Tienen razón: nunca podré apagarlo! ¡Ya no me importa morir!” Y abrió los brazos para dejarse calcinar sin cubrirse de los rayos. ¡Nada sucedió! En la triste oscuridad de la fortaleza, los viejos vampiros se asombraron: “¡Nuestro enemigo no lo daña! ¡Se ha tornado inmune al sol! ¡Qué envidia!”.

La Triste Historia de Belovar y Bielina

—Ven a conocer mi guarida, Tolín.

Por fin el violinista puede visitar el hangar en forma de cruz en donde vive La Rosita, su extraño amigo.

— ¡Entra!

Libros del piso al techo: volúmenes cayendo empujados por las ratas.

—Aquí están mis preferidos: Gide, Marcel Schwob y, sobre todo, El señor de Phocas de Jean Lorrain. Yo también, como él, he buscado la doliente esmeralda dormida en los ojos de las estatuas de Pompeya, las líquidas pupilas de Antinoo. Verás. Es mi tesoro. Nunca podrás olvidarlo...

Abre un armario. En un frasco hay una cabeza humana.

Sola-Bella tiene una larga cabellera roja y su cuello fue separado del tronco por un tajo limpio. El agua translúcida en que flota es perfumada. Sola-Bella ofrece unos labios entreabiertos y su piel es fina y parece tibia y viva. Sus ojos verdes se fijan en los de Tolín como observándolo.

—Viene del medievo servio. El líquido que la conserva es una fórmula alquímica. Si te fijas bien, verás el nacimiento de los pelos de una barba. Es hombre. Introduzco mi sexo en su preciosa boca una vez por mes... Adiós...

Y La Rosita lo empuja hacia afuera, poniéndole en las manos un viejo pergamino enrollado en unas páginas de papel ordinario escritas a máquina.

—Tolín, he traducido lo mejor que he podido ese antiguo documento. Léelo hoy, por respeto, a medianoche. Conocerás el secreto de Sola-Bella.

El águila de tres cabezas de la bandera azul del Señorón de Mandakovitch había ondeado en el castillo durante innumerables generaciones. Sus antepasados, procedentes del Mar Adriático, penetraron en Servia y construyeron en la cumbre de la Montaña del Nogal, cerca de Prokouplie, una fortaleza inexpugnable. La melena roja del Señorón competía con las crines de un caballo; medía tres metros y era tan fornido que varios hombres juntos no podían levantar su espada. Necesitaba un mínimo de cinco kilos de carne, un canasto de panes y diez litros de vino por día, cantidades que aumentaban cuando estaba de humor depresivo. El derecho de pernada lo ejerció implacablemente pero era tal el volumen de su sexo que todas las mujeres, temiendo ser destrozadas, huían hacia señores menos robustos. Durante años, el Señorón tuvo que conformarse con yeguas de pelaje rosado. Guerrero feroz, de un sablazo abatía un roble; invadió las posesiones vecinas, adquiriendo tal poder que la corte de Belgrado, para anexarlo, decidió concederle la mano de una princesa.

Su fiel escudero Drago, que desde niño le había enseñado el manejo de las ballestas, hachas, lanzas, mazas, puñales y espadas, partió hacia la capital en busca de la novia, llevando suntuosos regalos. El Señorón, desenraizando árboles con sus brazos, construyó un lecho de troncos que pudiera soportar las efusiones, pensando acostumbrado a las yeguas, que le iba a tocar una esposa gigante.

Quiso el destino que en esos días estallara una tormenta y que, huyendo de la nevasca, un carromato de gitanos pidiera albergue en la fortaleza, en espera de un tiempo menos adverso. Entre esa gente morena sobresalía una muchacha rubia, Sofía, de catorce años, que, a pesar de vestir andrajos, mostraba a cada gesto su origen noble. Después de torturar a los bohemios hasta que confesaron haberla raptado en Rumania, Mandakovitch les arrancó los corazones y los hígados para devorarlos, asados, en compañía de sus guerreros. La niña, ante justicia tan atroz, perdió el habla para siempre. Temblando a cada ruido, se escondía en los rincones de la fortaleza.

Una mañana los muros se engalanaron de banderolas. Cuando llegó la princesa Gradichka de Banjalouka, el Señorón, saltando desde una almena, cayó ante la comitiva y alzó el velo que cubría a su futura mujer: una adolescente pálida, menuda, de piel transparente, que trataba de sonreír, aterrada. El Señorón la podía alzar del suelo con un solo dedo. ¿Cómo consumar la noche de bodas sin partirla en dos? Mandakovitch deseaba un heredero. Para eludir el rechazo de la noble señorita, después de estrangular a sus sirvientas, la amordazó y ató al lecho nupcial, abierta de piernas. La muda Sofía tuvo que entibiar manteca de jabalí y, con el pecho sacudido por una respiración convulsiva, verterla entre las piernas de sus amos. Ayudado por el lubricante, al cabo de grandes esfuerzos, el Señorón logró abrirse paso y depositar su semilla, pero en el momento del goce no se pudo controlar y el último empujón desmayó a la princesa. Pidió a Sofía un lino para secarse el aceite y, al ver esos ojos esmeralda, captó la excitación enloquecida de la muchacha. Junto al cuerpo exangüe de Gradichka penetró en aquella copa estrecha ofrendada con ansias. Al desatar por segunda vez su fuente seminal, dio tal embestida que también la muda se desvaneció. Las dos mujeres despertaron bañadas en sangre y embarazadas.

La princesa de Banjalouka exigió el descuartizamiento inmediato de su rival. El Señorón ordenó la ejecución al fiel Drago, mas éste, compadecido, hizo trizas una ternera, mostró los pedazos a su amo y dio dinero a una pareja de cabreros para que cuidaran a la condenada.

Pasaron los meses. Oculta en las montañas, la muchacha dio a luz a un niño, mientras que la princesa, en su gran dormitorio, entre banquetes y danzas, paría a una mujer. Mandakovitch, decepcionado, regresó a sus amores con las equinas. La princesa se suicidó, arrojándose desde la torre más alta. Puesto que nadie sabía cómo educar a una niña, Drago fue designado protector y maestro de armas de la infanta... Pasaron los años. El bastardo, Belovar, creció imitando los gestos frágiles, sensibles, de su madre. Era tan bello como Bielina, su media hermana. Ambos heredaron el pelo rojo y la robustez de su padre. Si alguien los hubiera visto juntos, habría pensado que eran gemelos.

Después de un invierno particularmente gélido, una primavera violenta entibió las vertientes, hizo estallar flores y llamó a Bielina con tal urgencia que la joven galopó en su caballo por los intrincados senderos de la montaña... Con el pecho oprimido por los nuevos aromas, Belovar vigilaba sus cabras no sabiendo si reír o llorar. El aire fragante lo ponía nostálgico. Coronó su larga cabellera con margaritas y cantó un poema en honor a su difunta madre. Como su camisa le llegaba hasta las rodillas, parecía una muchacha... Encantada por aquella voz, Bielina avanzó, arriesgando caer en oscuros precipicios, hasta que encontró al delicado cabrero. ¡El muchacho era la mujer de sus sueños! Y cuando Belovar vio a esa giganta diestra apretando el vientre del bruto con sus espesas botas guerreras tal un centauro, encontró al hombre de su vida...

Cayeron el uno en los brazos de la otra. Se amaron con la misma intensidad con que habían besado los espejos. Al atardecer, como no querían cesar de verse, elaboraron un plan. Eran tan parecidos, que si Belovar vestía un traje de Bielina, podría atravesar tranquilamente el patio del castillo sin que nadie notara la diferencia. ¡Así lo hicieron! Ella se escondía y el muchacho, disfrazado de mujer, atravesaba los corredores rumbo al dormitorio.

Pasó el tiempo. El temperamento viril de Bielina y la única forma en que permitía ser poseída, le impidió quedar encinta. La felicidad duró hasta que el Señorón de Mandakovitch consideró que debía casar a su hija con un guerrero que engendrara un nieto capaz de continuar la tradición. Por más que la joven imploró para que su padre retardara el proyecto, no pudo convencerlo.

Incapaces de soportar la separación, los amantes decidieron morir. ¡Pero querían estar juntos en la tumba! Para lograr esa unión póstuma, elaboraron un plan del que Drago se hizo cómplice, por una parte porque adoraba a Bielina, y por otra porque, lleno de achaques, estaba cansado de la vida... Belovar, maquillado y peinado como su hermana, esperó al anciano escudero en una gruta que nadie conocía. Drago, de un tajo limpio, le cortó la testa y se la llevó, envuelta en una piel de oveja, al castillo. Allí, degolló a Bielina y junto a su cuello sangrante colocó la cabeza de su amado. Volvió a la caverna y enterró los restos de Belovar coronados por la cabeza de Bielina. Después, otra vez en el castillo, arrodillado ante el cadáver de su protegida, se hundió una daga en el corazón.

El Señorón dedujo que su hija, para no casarse, había obligado al fiel Drago a que le quitara la vida. No fue capaz de darse cuenta de que la cabeza pertenecía a otra persona. Honraron la memoria del escudero y lo enterraron, replegado como un perro, a los pies de Bielina.

Cuando Tolín, agitando el pergamino y las hojas de papel ordinario, vapuleó frenético, a las tres de la mañana, la puerta del hangar de La Rosita, éste no le abrió; pegó su boca al postigo y le gritó, luciendo una sonrisa sádica:

—No, mi querido violinista. Hoy de ninguna manera te contaré cómo la cabeza de Belovar llegó hasta mí, conservada en agua alquímica. Pero si me cedes un día ese tesoro que olvidas entre tus piernas, accederé a revelarte tal poético misterio.

Un Marido que Repta

¿No profundizar lo que está sobre mí; no escrutar lo que es más fuerte que yo; no intentar conocer lo que sobrepasa mi inteligencia; estudiar lo que puedo saber y no preocuparme de cosas misteriosas?... No acepto esa idea. Quiero alzar una esquina del velo. ¡La lucidez, por favor! Sin embargo, innumerables teorías acuden a mi mente, mas nada logro aclarar. ¿Es un experimento de él? ¿Una trampa? ¿Lo hace para no aburrirse? ¿Es preciso reaccionar en otra forma? ¡Esto no tiene sentido! ¡Debe haber una explicación! Rememoraré los hechos. Posiblemente se me ha escapado un detalle que es la clave.

Recibo un mensaje de Emiltik en que me pide vaya a verlo porque tiene datos importantes. No me preocupo; estoy habituado a las misivas que me envía para comunicarme datos importantes... Antes me precipitaba hacia su casa, perdiendo un zapato en la carrera. (Los zapatos me son devueltos en una caja negra por Manuel-manuel, empleado de Emiltik.) Durante el camino me angustiaba de tener que recibir revelaciones primordiales padeciendo como padezco una tartamudez auditiva que me hace oír y dejar de oír en forma intermitente. Llegaba a casa de Emiltik. Me recibía bostezando.
— ¿Cuáles son los datos?
— ¡Oh, Jonás Papiansky, me aburría como de costumbre cuando me dije: “Somos seres incomunicados... (no oigo) ...darnos cuenta sólo de algo... (no oigo) ...creyendo que esa miga es el pan entero... (no oigo) …Tu mujer... (no oigo) …no podemos hablar, hijo mío... (no oigo) el fin!
Y se ponía a llorar apoyado en mi espalda. Soy débil. Influible en extremo. Yo también me ponía a llorar. Estábamos así, lagrimeando e hipando, hasta altas horas. De pronto, Emiltik se interrumpía dando un bostezo:
—Jonasito, me aburro. Debo lucubrar otra teoría...
Y depositándome un beso en la boca me expulsaba. Yo, deshecho, volvía a mi casa. Seguía llorando sin poder dormir. Costilla, mi mujer, me rogaba:
—Por favor, cesa. El catre está inundado. Nos resfriaremos...
Yo no podía parar. Amanecíamos mojados y estornudando. Además, cada vez que volvía de escuchar una nueva tesis emiltikiana, encontraba a Costilla cambiada. Si al salir la dejaba delgada, alta, ojos azules; al regresar podía verla gorda, baja, de ojos negros.
Son incontables las transformaciones de mi mujer. Felizmente el corte de su vestido permanece, aunque el color del género cambie de verde a rojo, de rojo a amarillo, de amarillo a blanco y de blanco a verde.


He aquí por qué no me preocupo al recibir el mensaje. Decido no ir. Me llama por teléfono. Escucho sin dificultad:
— ¡Esta vez es urgente, Jonasín! ¡Corre!
Soy débil. Influible en extremo. Salgo corriendo. Manuel-manuel se acerca trayéndome en la caja negra un zapato de niño.
—Lo perdió hace mucho, fue difícil encontrarlo, señor.
Le doy las gracias. Se marcha. La caja me incomoda. La tiro a un pozo. Llego donde Emiltik. Se me lanza al cuello. Me arrastra al salón.
- ¡Qué teoría, Papiansky, escucha... (no oigo) …mágica! (no oigo) …tres personas idénticas que no se conocen... (no oigo) …demasiado íntimo... (no oigo) …tu mujer, hijo mío!... (no oigo) …nuestra invariable situación...
— ¡Basta Emiltik! Te odio. Me gustaría poder asesinarte. Otra vez me has hecho venir nada más para contarme una teoría y matar tu aburrimiento. Abandono esta casa en plena desamistad. Adiós.
Decidido, abro la puerta. Emiltik me ataja. Me vuelve a llevar al salón. Se sienta. Me sienta en sus rodillas. Llora. Oigo sin dificultad.
—Jonás, tú lo has querido. Revelar el secreto. Ah, ah.
Trato de pararme porque me está mojando el cuello con sus lágrimas. Me retiene por los fondillos.
- Abrevia, Emiltik. ¿Cuál es e1 secreto?
- ¡Costilla te engaña!
- ¡No!
- ¡Sí! Cada vez que vienes a verme, alguien aprovecha tu ausencia para introducirse en el lecho de tu esposa. Me lo dijo el andrógino. En este momento ya deben estar instalados en la cama matrimonial. ¡Sorpréndelos, Jonasillo!
Me expulsa a la calle. Mientras corro hacia mi hogar, bostezando me grita:
— ¡Oh! ¡Piensa en mi fábula del alpinista y el conductor de helicóptero!

Soy débil. Influible en extremo. Me detengo y pienso en la fábula.
“Un alpinista demoró tres días en escalar una montaña, pero al llegar a lo alto y ver la belleza del paisaje, consideró pagados sus esfuerzos... Un conductor de helicóptero rió:
“—Me basta hacer funcionar mi máquina y en un minuto estoy arriba sin cansarme inútilmente.
“Así lo hizo. Cuando estuvo al lado del alpinista, le dijo:
“— ¡No sé por qué encuentras hermoso este insulso paisaje!”

Me dije: “Emiltik tiene razón. Haré lo más difícil posible mi llegada a la alcoba. En vez de correr, reptaré. Arrastrándome, he de obtener el placer del castigo al precio de un enorme esfuerzo.”
Me tiendo y comienzo a reptar. Por reflejo, quiero ayudarme con las extremidades. Me lo impido. No es lícito. Debo sólo emplear ondulamientos de la columna vertebral.
Al cabo de algunas horas, llego al jardín de mi casa. Tengo la camisa destrozada. El pasto está recién regado. Me embarro. Estornudo.
¿Qué forma tendrá en este momento Costilla? ¿De qué color será su piel?
Me tocan con un pie en la espalda. Miro hacia arriba. Es Manuel-manuel. Está empapado. El uniforme, transparente con el agua, me permite observar su remendada ropa interior.
—Su zapato, señor. Olí su pista hasta el borde del pozo y luego tuve que bucear para encontrarlo. Nos hemos... (no oigo) …pertenece al pie izquierdo.
Guiña un ojo mostrándome la caja negra. La deposita junto a mi cabeza. Se va. Empujo el calzado infantil y su urna con la frente, lo que me impide ver hacia dónde voy. Cavo y lo entierro. Continúo reptando. Llego ante una ventana. Trepo. Penetro. Me doy cuenta de que me he equivocado de camino a causa del zapato y que he venido a parar a la pieza del andrógino.

El andrógino me ve. Con su voz de mujer y con su mitad de cuerpo femenino agitándose apasionadamente, mientras la parte masculina duerme, se abalanza sobre mí:
— ¡Jonás, por fin! Te esperé años, pero sabía que ibas a venir. ¡También me amas!
Escucho sin dificultad. Trata de besarme. Escapo. La pieza es grande. Demoro, reptando, en llegar a la puerta. Voy a salir. Me toma de un pie. Apretándome contra su único seno trata de revolcarse conmigo. Observa que tengo el cuerpo embarrado.
—Pobre, qué mal te cuida Costilla. Es porque... (no oigo) …lavarte.
Va al baño por agua y jabón. Otra vez trato de alcanzar la puerta. Voy a salir. Me agarra de una pierna. Soy arrastrado al centro de la pieza. Me desviste. Comienza a enjabonarme. Me cubre la cara de espuma impidiéndome respirar. Cantando a voz en cuello, me sumerge en una toalla. Seca con tanta fuerza que me desuella. Quiero gritar y no puedo. Termina de frotarme. Me toma del cuello.
—Desde ahora, Jonás mío, juntos para siempre —escucho sin dificultad.
Se me lanza encima. Estoy perdido. ¿Qué hacer?

Una caja negra cae por la ventana. Asoma la cabeza de Manuel-manuel. ¡Ha vuelto a encontrar un zapato!
El andrógino me suelta y se dirige iracundo a preguntarle qué quiere. Desnudo, yo repto hacia la puerta. Hago un esfuerzo supremo. Salgo a tiempo para librarme de su mano, que me quiere coger de nuevo. Se le quiebra una larga uña barnizada de verde. Rápido, me alejo por un pasillo.
Con su inmenso cuerpo convulsionado por los sollozos, me grita:
— ¡Has asesinado a la mujer que había en mí! ¡Seré un hombre y jamás...! (no oigo).
La parte femenina se duerme. El costado masculino cierra la puerta mirándome con indiferencia.

Llego ante la alcoba matrimonial. La puerta está abierta. Repto hacia dentro. Avanzo con cautela, llego al lecho y me introduzco. Encuentro a mi mujer acompañada por un señor barbudo que me mira sin sorpresa. No lo conozco, pero su cuerpo me es extremadamente familiar. No sé qué hacer. Costilla, en lugar de ayudarme, enflaquece. Opto por sacar mi tarjeta del velador y presentarla con la mayor dignidad posible.
El desconocido recibe mi tarjeta, la guarda debajo de la almohada y nada dice. Pasa una hora. Él persiste en su mutismo. No me atrevo a interrumpir sus pensamientos. Costilla está seca, como muerta. Pasa otra hora. Esto se torna insostenible y él no hace ademán de hablar. Dos horas más. Admiro la calma del intruso. Soy débil. Lo admiro.
El cuerpo de Costilla comienza a hincharse. Transcurre otra hora. Costilla sigue aumentando. El otro y yo tenemos que asirnos de ella para no caer. Estamos al borde.
De pronto, a medida que se desinfla, mi mujer aúlla:
- ¡Uno más uno más uno es uno!

Como impulsados por los resortes del somier, el barbudo y yo saltamos para darnos puñetazos en el vientre. Nos arañamos el pecho. Nos mordemos la nariz. Nos castigamos simétricamente.
Mi mujer no cesa de aullar. Nos enervamos. Hacemos acopio de nuestras energías y, agarrándonos del cuello, comenzamos a estrangularnos. Pero ocurre algo que nos obliga a cesar: al otro se le desprende la barba y me encuentro ante Emiltik. Como si nada hubiera pasado, bostezando, me dice:
—No profundices lo que está sobre ti; no escrutes lo que es más fuerte que tú; no intentes conocer lo que sobrepasa tu inteligencia; estudia lo que puedes saber y no te preocupes de cosas misteriosas —escucho sin dificultad.

Innumerables teorías acuden a mi mente, mas nada logro aclarar. Permanecemos los tres en la cama, mudos e inmóviles. La mitad del cuerpo de Costilla se parece a mí. La otra mitad se parece a Emiltik. Entre estas dos mitades no hay ninguna diferencia.

¿Ha querido Emiltik aplicar una teoría? ¿Es un experimento? ¿Lo hace por no aburrirse? ¿Es preciso reaccionar en otra forma? Esto no tiene sentido. ¡Debe haber una explicación! Rememorar los hechos... Posiblemente se me ha escapado un detalle que es la clave...