El Cura-Monasterio
Cuando llegué era un simple cura. Un día comenzó a trizárseme un ladrillo. Salí del tarro, medio sonámbulo, me dirigí a uno de los muros, enyesé la quebradura y se me alivió el dolor.
Luego empecé a sentir las murallas. Una plaga de ratones cavando galerías me hizo sufrir con sus mordiscos antes de que llegara a acostumbrarme. Aún toso. También me molestó el peso de tanto crucifijo y los clavos de aquellos cuadros con ángeles, enterrándose en mi estuco cual alfileres en la médula de los dientes. No podía comer el pan: me acostumbré.
La torre y los cimientos vinieron después. Sentir las campanas agitándose dentro del hígado fue una felicidad que pudo únicamente ser destruida por la carcoma que devoraba mis cimientos. Comprendí mi labor: día y noche debería velar para no desmoronarme. Que mi campanario, que mis paredes, que mis pisos no se sumerjan en el abismo depende de mi resistencia. Contraigo el vientre. Yo soy el cura-monasterio. Debo luchar.
Los monjes dicen que no soy cura. Cuando les digo que me duele un vitral, se ríen. Cómo explicarles que sé exactamente el número de pasos que dan sobre mis baldosas. Explicarles que siento debajo de mis costillas sus vueltas y revueltas bajo las sábanas. No me creen. Ayer bebí cuatro litros de vino. Salieron al patio dándose golpes en el pecho y gritando: “¡Temblor de tierra!” Al que se ríe más, le dejé caer una cornisa en la tonsura.
Ellos piensan que el monasterio es eterno. Yo sé que voy a morir. No estoy loco: yo no digo que soy el monasterio. (Me refiero a su materia.) Soy la conciencia de él. Al mismo tiempo existo como hombre. No es complicado. No tiene nada de raro. Si me embriago, el monasterio tiembla. Si el viento atraviesa las ventanas, me dan escalofríos. Mis colegas tratan de salvar sus almas. Yo lucho para que los cimientos podridos no se derrumben.
El ruido de sus plegarias me produce grietas. Les he propuesto que recen pensando. Han cantado más fuerte. Justo debajo, hay una trizadura que hará hundirse el altar. El dolor lo tengo en un riñón. Son ellos los que me están destruyendo con tanto moscardoneo, tanto crucifijo, tantos cuadros, tanta agitación bajo las sábanas. Son ellos los que me alimentan mal. Son ellos los que mañana me derrumbarán.
Es domingo. Ha venido con su hermoso uniforme militar el Presidente de la República, seguido por veinte caballeros de la aristocracia y muchos soldados. Estoy más enfermo que nunca. Se han puesto trajes de gala. Parecen vestidos como para un baile. Ya no doy más. ¿Por qué no me tocó ser cura-volantín o cura-hierba? Habría sido delicioso sentir el aire puro de la altura agitando mi simple papel de color o la tierra dulce apretando, tibia, mis raíces.
No tengo dudas sobre lo que soy. No obstante, experimento el deseo de probar, a ellos y a mí, tangiblemente, que soy el monasterio. Aquí hay algo que está mal. Uno: si no me decido a relajar el vientre, jamás caerán las murallas y nunca podré tener la prueba. Dos: si me decido a dar el mortífero paso, a costa de la destrucción tendré esa prueba. (Soy hermoso; bajo la lluvia mis tejas brillan como escamas de salmón.) ¿Pero si las murallas, a pesar de mi acto, no cayeran?
No dejaría de ser lo que soy. Probablemente no sea aquel monasterio sino otro idéntico que puede estar en cualquier parte. Además, ¿es necesario que exista un monasterio “real”? Me basta saber que si dejo de contraer los músculos del vientre, yo, yo mismo me elimino.
El Ladrón de Voces
Después de que los policías se llevaron a su hombre, con la consigna de hacerlo desaparecer para siempre, mi madre perdió, junto con la alegría de vivir, la voz. Como un pájaro mudo se paseaba de una pieza a la otra sin querer salir a la calle. Yo, a los ocho años, tenía uno de esos poderes mágicos que los niños guardan como riguroso secreto entre ellos. Mediante una esponja de mar, que aplicaba en la boca de los adultos dormidos, podía robarles la voz.
Salí en el momento más oscuro de la noche y me introduje por la ventana en una casa de donde emergían profundos ronquidos. Era una muchacha obrera que, junto al montón de uniformes caquis que había tenido que coser, respiraba con la boca abierta, convertida en piedra. Le introduje la esponja en la boca y le extraje la voz. Cayó en mis manos un pajarillo invisible aleteando angustiado como si añorara un nido protector. Lo encerré en mi caja para galletas y corrí hacia mi madre. Por suerte ella también dormía con la boca abierta. Estrujé la esponja en su garganta y el pajarillo, con frenesí desesperado, se pegó en sus cuerdas vocales.
Cuando mi madre despertó, una voz tan aguda que rompió un vaso de vidrio, se escurrió como un hilo metálico de sus labios. “¡No quiero vivir, no, no quiero!” Esa frase se repitió incesante, por más que ella se tapó la boca para impedir su paso. Estallaron los otros vasos, los vidrios de la ventana, un florero, los focos de treinta watts y el único espejo, pequeñísimo, que mi madre conservaba en un rincón del baño. Esperé a que se durmiera, se la extraje y corrí a devolver el avecilla deprimente.
En la estación de trenes vi tendido en un banco, abatido por la borrachera, cubierto por papeles de diario que celebraban un triunfo militar contra los anarquistas, a un ferrocarrilero cesante. Le apreté las narices para que abriera la boca y le robé un largo ectoplasma que por breves momentos se pareció a un gato montés.
Mi madre, en la mañana, comenzó a amenazar con gritos roncos: “¡Pacos asesinos, los voy a matar a todos y también al bellaco que los manda!” Por primera vez en un año, abrió los postigos y comenzó a lanzar hacia la calle imprecaciones en contra del glorioso ejército nacional. Los vecinos, aterrados, pasaban de largo haciéndose los sordos. Yo moví una mano empuñada con el dedo gordo estirado hacia mi boca para hacerles creer que mi madre había bebido más de la cuenta. Una yerbatera, temiendo que llegaran los carabineros, le dio a mamá una infusión que la hizo dormir en pocos minutos. Le extraje el gato furioso y lo devolví a su aguardentosa guarida.
¿Qué hacer entonces? ¿Qué voz robar para abrir las puertas de ese corazón clausurado? La urgencia me condujo al riesgo. Me introduje por una claraboya del lupanar. Un caballero encogido como león sobre una señora a medio vestir daba frenéticos caderazos. Con los ojos cerrados, él, rugiendo de verdad, y ella, imitando alaridos de placer, no se dieron cuenta de mi presencia. Aproveché la gran abertura de los labios pintarrajeados para extraer una voz que salió parecida a una enorme ostra. Apenas la injerté en la garganta de mi madre, ésta se despertó y en enaguas como estaba salió corriendo a la calle para golpear en las puertas vecinas gimiendo: “¿Qué es una mujer sin su hombre? ¿Conocen los canallas que me lo desaparecieron ese atroz vacío que llevo entre las piernas? ¡Ardo, me ahogo, me convierto en un molusco!” Me la devolvieron amordazada y encordada como una larva. Me desesperé, tanto deseaba que la alegría volviera a reinar en nuestro hogar. ¿Acaso yo no le bastaba? Apenas llegaba del colegio barría los pequeños cuartos, hacía de comer, salía al centro a mendigar, volvía siempre con un poco de dinero y, además, a causa de la buena circulación de mi sangre, podía dormir con ella acurrucado junto a su fría panza como una bolsa de agua caliente. ¡No, yo no le bastaba!
Decidí, como último recurso, robarle la voz al cura. Era un flaco fanático, siempre enojado porque por culpa de los comunistas, aparte de unas viejas empolvadas, ya casi nadie iba a su parroquia. Lo encontré disimulando una siesta sentado en el confesionario. Pude hurtarle un fluido oscuro semejante a un zapato. Con cierta repugnancia lo introduje en la garganta de mi madre. Ella se puso de pie sobre la cama, alzó los puños hacia el techo y comenzó a insultar a nuestro buen Dios lanzando una y otra vez, como rencorosos puñales, las dos mismas palabras: “¡Viejo injusto!”
Temiendo que el Señor, ofendido, enviara a los milicos para que también a ella la desaparecieran, le devolví su zapato al cura. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Extraje mi propia voz! Surgió como una viborita y se enroscó temblando entre mis dedos. Sentí que una araña sorda y negra se anidaba en mis cuerdas vocales.
Mi madre se despertó con una sonrisa de niña, limpió la casa, hizo de comer, jugó a las muñecas y habló y habló y habló alegremente durante años. Nunca se dio cuenta de que yo estaba mudo.
La teoría Cuática
El movimiento Derrame es un "círculo perfecto", que se completa con Rodrigo Verdugo, Bessie Porta, Daniel Madrid, Aldo Alcota, Roberto Yáñez y Rodrigo Hernández. Se dicen poseedores de un imaginario ligado a lo absurdo, lo surreal, lo grotesco, lo onírico, lo lúdico, lo sórdido, la locura, lo paranormal, lo mágico, lo chamánico, lo precolombino, lo híbrido y lo erótico.
Todo lo que sale afuera a través de estas experiencias se integra en una especie de laboratorio creativo, en donde –escribieron– cada uno aporta "a la construcción de las puertas poéticas que permitan al hombre poder abrirlas y encontrarse con el asombro y la libertad espiritual".
Su creación se proyecta en poesía, teatro, dibujo, performance, exposiciones, homenajes y a través de la revista "Derrame". Además editan sus libros y otros títulos con Ediciones Derrame, cuya próxima publicación será el nuevo libro de Armando Uribe, "Ídem", que se lanza en julio.
El poeta Armando Uribe es amigo del grupo y, a través de un video casero, presentó, desde su casa, la última revista "Derrame", en enero de este año. "Armando, quien nos quiere mucho, nos quiso apoyar y nos dio su libro inédito para que lo editemos", cuenta Daniel. La portada se hizo con una imagen que escogió la mujer de Uribe, Cecilia Echeverría, entre varios collages pegados en una pared de la casa, antes de su muerte.
LAS SOLUCIONES DEL IMAGINARIO
Alrededor de una mesa, los miembros del movimiento Derrame hilan una historia en forma colectiva y siguen la conversación alternándose sin pausa. "La imaginación es primordial", dicen. "El surrealismo es cuando la esfinge dijo: ‘Adivina o te devoro’", cuenta Yáñez.
–¿Ustedes son hijos del primer surrealismo?
–Nosotros somos unos hijos de puta. Pero creemos en un surrealismo no ortodoxo, abierto.
–Para el grupo, el surrealismo es una forma de vida, ¿pero cómo se vive el surrealismo?
–Con las soluciones del imaginario –dice Yáñez–. Yo invoco seres que no están en este plano y que me ayudan a existir de manera poética. En ese sentido se sobrevive, porque metafísicamente te vas abriendo caminos. Nosotros somos brujos, chamanes y médiums, nos metemos con energías peligrosas y nos conectamos metafísicamente –agrega–. Lo que hace Aldo no es ajeno a lo que hago yo, y lo que hace Rodrigo no es ajeno a lo que hace Daniel; se produce una fecundación, como las abejas entre sí.
Según Daniel Madrid, en "Derrame" hay un respiradero para hacer lo que uno quiera, donde todo lo que uno hace es libertad, arte sublime. Se reúnen periódicamente y si alguien tiene un proyecto, todos se integran en su desarrollo. Trabajan la escritura automática y el cadáver exquisito, que "relacionan el material espiritual disponible para la obra de arte, en la actividad del surrealista", cuenta Yáñez. Puesto que "la obra interpreta el inconsciente colectivo y es el médium que hace visible ese inconsciente".
DESDE EL FANZINE
Derrame se está preparando para la publicación de su octava revista, que celebra los diez años desde que un par de universitarios repartieran el primer fanzine, de tres hojas oficio escritas y dibujadas por ambos lados, con inspiraciones de Henry Miller, Pablo de Rokha y el Quetzalcoatl. "Acá, allá, abajo, está el derrame de tiempo encauzado en la pérdida de la identidad", se lee.
Eran Aldo Alcota y Rodrigo Hernández que estudiaban periodismo en la Universidad Andrés Bello, y que gestionaron algunas de las revistas a través de un concurso de la universidad, lo que permitió imprimirlas con una mejor calidad. Al segundo número se integró Roberto Yáñez, entre otros colaboradores.
La trayectoria de la revista tiene como constante los homenajes a hombres-pensantes similares; fragmentos de textos de autores conocidos, como Breton, y pensamientos de los realizadores o de otras personas poco conocidas.
Los textos se acompañan con dibujos, imágenes imposibles de existir fuera de la imaginación y el papel. La mayoría de éstos son de Aldo Alcota, quien ha expuesto junto a Samy Benmayor y corrientemente viaja con sus obras por el mundo. "Mi obra es erótica, grotesca, pornográfica incluso. De hecho, me censuraron una exposición", comenta Alcota.
La composición de las páginas denota la intención de utilizarlas como transporte de la experiencia interna, síquica, sin distractores como la publicidad. La revista cinco tiene 100 apretadas páginas y la siete fue apoyada por el Fondo del Libro, lo que permitió imprimir dos mil ejemplares y regalarla en los eventos que se hicieron para ello y como plataforma de difusión de otras artes.
EL SURREALISMO NO TIENE NACIÓN
"En este tiempo hacer poesía es ser subversivo, partiendo de la base de que la poesía tiene una prohibición sistémica y sicológica por parte de los guardianes del orden", piensa Roberto. "Los surrealistas tuvieron la corazonada de abrir el arte en la realidad de la poesía, no en el embellecimiento de algo, sino como una forma de decir lo prohibido, de hablarlo, de fecundarlo", agrega. "Y en eso –en Chile– está la Mandrágora y estamos nosotros".
La Mandrágora fue un movimiento surrealista chileno de los ’60, que tenía un discurso vanguardista de resistencia espiritual y liberación de la realidad. Participaban Enrique Lihn, Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas, entre otros. Se inclinaban por la creación inconsciente y el automatismo de Freud, entre otros tópicos.
Otros referentes chilenos de Derrame son poetas y escritores como Dámaso Ogaz, Gustavo Osorio, Carlos de Rokha, Stella Díaz Varín, Vicente Huidobro y Juan Emar. También "la familia De Rokha es amiga nuestra", cuenta Madrid. "Hay grandes surrealistas entre ellos".
De los inspiradores de Derrame hay personas o colectivos que discuten entre sí, como Pánico y Breton. Pánico surgió en Francia en respuesta al grupo surrealista de París, que encabezaba Breton. Participaban Fernando Arrabal, Alejandro Jodorowsky y Roland Topor. Algunos de los Derrame se conocieron a través de Arrabal, "el maestro de Jodorowsky", dice Daniel Madrid.
El grupo Phases también está conectado a los chilenos. En agosto de 2006 expusieron juntos artistas de ambos colectivos en Santiago, homenajeando a Édouard Jaguer, fundador del movimiento en 1954 y propulsor de los colectivos que, partiendo del surrealismo, quisieron extender libremente la experimentación de las actividades plásticas y poéticas.
"Todos estamos entrelazados", cuenta Madrid. "Ludwig Zeller escribió en la última revista ‘Derrame’ sobre Enrique Lechuga, artista y creador de la página Sonámbula (www.sonambula.com) y que a la vez nos rescata a nosotros en contexto del surrealismo latinoamericano. Si alguien escribe algo en algún lugar, se replica en otra parte del mundo. El eje que nos conecta es el surrealismo".
"El surrealismo pareciera necesitar ayudas que vienen del fondo de la roca", escribió Yáñez en su nuevo manifiesto del surrealismo. Tal vez por eso Derrame creó una editorial en la cual publicaron recientemente "La perseverancia del sueño", de Rodrigo Hernández. Lo que viene es "El objeto del vértigo", de Roberto Yáñez, y el libro inédito de Armando Uribe, "Ídem".
Por Paula Noé S.